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Por peter Hartmann, Director de CODEFF

Ya uno de los expositores del Congreso Futuro, el paleontólogo M. Williams, sugería las siguientes acciones concretas: Reciclar, usar energías que no agoten la Tierra, evitar la pérdida de hábitats, alentar la biodiversidad inclusive en las ciudades y revertir la tendencia de la concentración de la biomasa en una sola especie (humana).

Cuando enfrentamos la llamada “crisis ecológica” a la cual nos referíamos en nuestra columna de la semana pasada, y que  incluye aquella del cambio climático, y le agregamos la disyuntiva de qué trayectoria tomaremos, el futuro de la vida sobre el planeta, de la cual la humanidad es parte, se percibe bastante complejo. Los llamados que hacían los expositores del “Congreso Futuro” eran hacia evolucionar en mutualidad, a la conservación, a proteger la biodiversidad, a enfrentar responsablemente el dilema de que planeta queremos dejar a nuestros hijos y nietos y con que sistema de desarrollo. 

Ante un panorama mas bien sombrío, la gente suele quedar deprimida y sin saber que hacer y la verdad es que de poco sirve el bombardeo de noticias negativas si no hay propuestas de cómo salir del callejón. La cuestión que la respuesta es poco probable que provenga desde el sistema imperante, o si la hay, esta venga demasiado lenta y tardía o como imposición ante la catástrofe. En vista de eso, mas vale las y los ciudadanos conscientes vayamos tomando cartas en el asunto o mas bien poniendo manos a la obra. Y eso evidentemente se puede hacer de múltiples formas. Las alternativas son, mas  o menos: quedarnos tranquilos esperando que el sistema haga de las suyas, deprimirnos y hacer nada, pasarnos la vida quejándonos, o ponernos activos y éticamente coherentes por la vida sobre el planeta. Esto es pasar de la problemática, de la desesperanza, a la “solucionática”. También creemos necesario que comencemos a evaluar si lo que hacemos y si nuestros proyectos contribuyen a acrecentar el problema o a la solución, o al menos a aminorar la crisis. Eso vale como persona, familia, comunidad, como región, como nación.

Ya uno de los expositores del Congreso Futuro, el paleontólogo M. Williams, sugería las siguientes acciones concretas: Reciclar, usar energías que no agoten la Tierra, evitar la pérdida de hábitats, alentar la biodiversidad inclusive en las ciudades y revertir la tendencia de la concentración de la biomasa en una sola especie (humana).

Entre las visiones de acción que podemos recomendar ante la crisis, está la permacultura, que ha sido el tema que nos ha tenido ocupados estas últimas horas con la visita del experto Julio Pérez, arquitecto chileno radicado en Noruega. La permacultura se define como “un sistema de principios de diseño agrícola y social, político y económico basado en los patrones y las características del ecosistema natural”. Según uno de sus creadores, el australiano Bill Mollison, Premio a la Justa Subsistencia (Nobel Alternativo),”la permacultura es la filosofía de trabajar con, y no en contra de la naturaleza; de observación prolongada y reflexiva, en lugar de labores prolongadas e inconscientes; de entender a las plantas y los animales en todas sus funciones, en lugar de tratar a las áreas como sistemas mono-productivos“.   Para J. Pérez, la definición mas sencilla de permacultura es “reunificar cultura con naturaleza”. La permacultura se basa en tres principios éticos, cuidado de la tierra, cuidado de la gente y compartir los recursos. Forman la base del diseño de permacultura y también se encuentran en la mayoría de las sociedades tradicionales.

Entre las palabras y los conceptos, que recogimos de lo que nos mostró J. Pérez en la Mingalegre, acá en Coyhaique, vale rescatar lo del repensar y redescubrir, de trabajar con la naturaleza no contra ella, el holismo, ser cuidadores de recursos y la energía, la importancia de la diversidad cultural y ambiental, que ésto es un proceso de diseño donde hay una parte racional y otra intuitiva en lo que hay que dejar trabajar a la naturaleza y escucharla. También vimos la importancia de la confianza en nosotros mismos, en la autonomía, en pasar de la práctica a la teoría y de que los artistas son los visionarios de la cultura. De los ejemplos, nos impresionó la hermosura de la arquitectura y horticultura y soluciones “permacultóricas”, de lo que hay harto que aprender; de como a un profesional chileno le va muy bien en Noruega, y de como es la vida en ese otro mundo que mejor no comparar con nuestra realidad. También nos hizo reflexionar los datos de la tremenda huella de carbono que implica la construcción moderna en hormigón armado, vidrio y aluminio, versus aquella en madera, que almacena CO2.

Finalmente, este reencuentro con Julio fue bastante emotivo, ya que viene a cerrar un ciclo. Eso, porque nos conocimos en una Escuela del Centro de Tecnologías Socialmente Apropiadas, CETAL, y en el Centro de Permacultura de Murumé,  en Viña del Mar, Reñaca Alto y cercanías de Villa Alemana, en 1986, y para ambos esos aprendizajes fueron muy importantes para nuestras vidas. Además nos alegramos que desde entonces hay notables avances en el desarrollo de la permacultura, a tanto que tenemos un lindo ejemplo regional en la Mingalegre, con mucha juventud aprendiendo y trabajando por la “solucionatica” a la crisis ecológica.

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