En AMBIENTALES

El geógrafo Adam Wilson y el ecólogo Walter Jetz han mirado a las nubes para saber la vida que hay bajo ellas. Los dos científicos usaron imágenes por satélite tomadas dos veces al día durante los últimos 15 años para dibujar todo un atlas de las nubes y han relacionado ese mapa con la biodiversidad del planeta, dibujando desde los límites de los grandes biomas (paisajes bioclimáticos) hasta la distribución geográfica de las distintas especies.

Colgadas ahí arriba, las nubes son un elemento clave de la climatología. Su presencia anuncia humedad, lluvias, agua para las plantas, bosques y selvas, explosión de vida… Mientras, su ausencia, caracteriza a paisajes más secos y desolados, ya sea en los desiertos o en el interior de la Antártida. Esa conexión entre clima y biodiversidad es la que llevó a Wilson, profesor en la Universidad de Buffalo, y a Jetz, investigador de Yale (ambas en EE UU), a buscar un medio para detectar los patrones y dinámica globales de las nubes más eficiente que los sistemas actuales.

Lo encontraron en las fotografías que la NASA viene tomando de la Tierra desde hace años. En concreto, ellos han usado los datos acumulados por la misión MODIS, siglas del espectroradiómetro de imágenes de media resolución, un instrumento científico que va a bordo de dos satélites llamados Terra y Aqua. El primero fue puesto en órbita en 1999, el segundo, cuatro años más tarde. Ambos rodean el planeta en una órbita de polo a polo tomando fotografías sincronizados para que Terra sobrevuele el ecuador por la mañana y Aqua lo haga por la tarde en sentido opuesto. Cada dos días fotografían todo el planeta en alta resolución.

Con ese alcance global y una resolución de hasta menos de un kilómetro, los dos investigadores crearon su atlas de las nubes. En su versión en línea se puede observar la frecuencia anual de nubosidad, entendida como el porcentaje de días con más nubes que claros, en cada latitud. También se observa la variación mes a mes, estación a estación o año a año.

En un primer vistazo (ver fotografía), se puede apreciar una correlación entre latitud y patrones de nubosidad. Así, la América ecuatorial, la cuenca del río Congo en África o el sudeste de Asia son las regiones con más nubes del planeta, hasta el 80% de los días son nublados. Aunque las especies concretas que habitan estos grandes biomas puedan ser diferentes, son ecosistemas que comparten muchas características.

El mapa permite observar también la variación intraanual. Mientras que aquellas selvas ecuatoriales apenas presentan variaciones que nunca superan el 5% de un mes a otro, los biomas monzónicos de la India o el sahel africano son los que sufren mayores diferencias entre los meses nublados y los despejados, lo que se corresponde con la temporada de lluvias y la temporada seca.

“Cuando visualizamos los datos, destacó la claridad con la que se podían ver los muchos y diferentes biomas de la Tierra basados en la frecuencia y el momento de los días nublados de los últimos 15 años”, dice Wilson. “A medida que pasas de un ecosistema a otro, estas transiciones se muestran muy claramente y lo mejor es que estos datos te permiten observar directamente estos patrones con una resolución de un kilómetro”, añade.

sa resolución es una de las mayores aportaciones de esta investigación. Que la cuenca del Congo tenga muchos días con nubes puede ser una obviedad, pero con las imágenes por satélite se pueden apreciar las diferencias locales, entre la ribera norte y la sur de un río o las laderas este y oeste de una montaña, por ejemplo. Este grado de detalle podría conseguirse en las zonas más desarrolladas del planeta, pero no en las menos, que son precisamente las que albergan mayor riqueza biológica.

Hasta ahora, los estudios sobre biodiversidad se han basado en la observación directa de los investigadores (y por lo tanto muy parcial) y las extrapolaciones de otros sistemas de recogida de datos. Uno de los más extendidos son las estaciones meteorológicas que, con sus datos de humedad, viento, precipitaciones, dibujan el paisaje climático en los que viven las distintas especies. Pero la red de estaciones tampoco es muy tupida, con lo que los científicos tienen que interpolar a partir de datos a veces muy locales y dispersos.

El atlas de las nubes predijo la distribución geográfica del protea rey (su flor en la imagen), un arbusto de la franja de clima mediterráneo de Sudáfrica.
El atlas de las nubes predijo la distribución geográfica del protea rey (su flor en la imagen), un arbusto de la franja de clima mediterráneo de Sudáfrica. Adam Wilson

“Comprender los patrones espaciales de la biodiversidad es fundamental si queremos tomar decisiones informadas sobre cómo proteger a las especies y gestionar la biodiversidad y sus muchos servicios para el futuro”, comenta Jetz. Pero añade: “para las regiones que albergan más diversidad biológica, hay una escasez real de datos sobre el terreno”.

Este original estudio, publicado enPLoS Biology, muestra también la íntima y frágil relación entre nubes y los llamados bosques nubosos o nimbosilva. Y es que estas selvas con la presencia constante o al menos regular de nubes bajas como nieblas tampoco escapan a la teledetección de los satélites. Estas zonas son ricas en endemismos por lo que la alteración de los patrones de nubosidad por la acción humana o el cambio climático podría tener consecuencias catastróficas.

Los investigadores, que no pretenden sustituir los modelos existentes sino añadir una capa más de conocimiento, quisieron comprobar la validez de su atlas de las nubes para predecir no los límites de un determinado ecosistema sino la distribución geográfica de dos especies. Una es el pequeño trepatroncos montano, un pájaro que vuela en la selvas montañosas del norte de Sudamérica. La otra es el protea rey, un arbusto de la región de clima mediterráneo de Sudáfrica. En ambos casos, lo que vieron en las nubes fue más preciso que los datos ofrecidos por los modelos basados en registros de precipitaciones y temperatura.

Fuente: El País

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