Imaginar el escenario que enfrentaron los animales y aves que habitan los bosques y estepas del Parque Torres del Paine, es una imagen que por decir lo menos, nos desagarra.
Las 15.133,5 hectáreas quemadas al interior del Parque, son el hogar de huemules, pudúes, pumas, guanacos, pájaros carpinteros, ñandúes, flamencos, cóndores y pidenes, entre otras muchas especies que se verán fuertemente afectadas por lo ocurrido. Algunos de ellos pudieron arrancar del fuego, pero probablemente sus crías no han tenido la velocidad y fortaleza física para lograr ponerse a salvo.
El Parque Torres del Paine está considerado una zona AICA (Área Importante para la Conservación de Aves), ya que habitan especies que se encuentran con problemas de conservación como: el Ñandú de Magallanes (Rhea pennata), el Pato de Anteojillos (Speculanas specularis), el Flamenco chileno (Phoenicopterus chilensis), el Cóndor (Vurtus gryphus) todas especies consideradas casi amenazadas a nivel mundial y el Pidén Austral (Rallus antarticus), como vulnerable y cuya población no supera los ocho mil ejemplares.
A excepción del flamenco chileno que nidifica en el norte del país y el cóndor que busca zonas nidificantes en lugares altos y desprovistos de vegetación, las demás aves se encontraban en temporada de cría y postura de huevos, quedando sus huevos y polluelos expuestos a las llamas del siniestro.
El último informe de CONAF habla de un total de 5. 335,5 hectáreas quemadas de bosque nativo, siendo las especies más afectadas las Lengas, Ñirres, Coihues de Magallanes, Notros y Leñadura. Todas de lento crecimiento, alcanzando su madurez a la edad aproximada de doscientos años. Estas especies se desarrollan favorablemente dentro del bosque, protegidos del frío, el viento en invierno y la sequedad del verano. Sin estas condiciones de protección, el crecimiento de los jóvenes brotes, es más difícil y muchas veces imposible si consideramos además la degradación del suelo producto del incendio, la nieve y el viento del área que terminarán por doblegarlos.
Los animales que lograron huir de las llamas volverán a recorrer sus hábitats, los que encontrarán yermos y desprovistos de toda vegetación, obligándolos a buscar nuevos y más estrechos lugares para habitar, lo que los expone a una mayor tensión y disputa por los ya escasos recursos, endureciendo aún más las condiciones para su supervivencia.
Pensar en la recuperación del Parque, sus ecosistemas y bellezas escénicas, es una historia a escribir en el muy largo plazo, apoyar el proceso de recuperación debe ser una prioridad para las autoridades del país, prioridad que sólo tendrá sentido si se apega al más estricto rigor ético.
La restauración en los parques no es simplemente replantar las especies afectadas trayéndolas desde otros lugares, sino que requiere usar el mismo material genético del área. Por lo tanto, no es como han dicho las autoridades un acto inmediato de reforestación, sino que se requiere generar nuevos árboles con el mismo material del parque, que para el caso de las lengas, por ejemplo, requieren dos a tres años de vivero para poder ser puestas en terreno. Hacer algo distinto sería un asesinato a la pureza genética de la zona.
Las condiciones de vida para las siguientes generaciones de fauna y flora que habitan el lugar han cambiado drásticamente. El real impacto sobre ellas, no se mide sólo en la cantidad de hectáreas quemadas, sino que también deben ser consideradas las nuevas condiciones ambientales que complejizan la supervivencia de la vida silvestre. Hemos presenciado el inicio de una triste historia, cuyo final será juzgado y evaluado por nuestros nietos.
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