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Hace unos días tuvimos la suerte de ver “La Sal de la Tierra, un viaje con Sebastiáo Salgado” de Wim Wenders y Juliano R. Salgado, film que muestra el trabajo de este famoso economista – fotógrafo brasilero, de tragedia en tragedia mundial, mostrando lo peor de la humanidad y cuando ya parece perder toda esperanza, encuentra la salida en el equilibrio de la naturaleza aun prístina y en recuperar el bosque y la vida de la tierra de sus ancestros, convertida ya en un desierto (esta en: https://www.youtube.com/watch?v=zHnt3rLLBrk ).

La película es recomendable por su calidad y mensaje. La calidad de las fotografías de Salgado y aquella de la filmación y su historia. Fotografías, la mayor parte del lado oscuro de la humanidad, de explotación, guerra, devastación. Y al final también del otro lado, la naturaleza intocada y una tribu amazónica en su paraíso casi sin contacto con la civilización que conocemos. Filmación de la vida de Salgado exiliado en Francia, de sus proyectos fotográficos en todo el mundo, de vuelta en su patria y en la tierra de sus abuelos. También de cómo hacen para recuperar el bosque y el agua. La verdad es que esa tierra se veía yerma, irrecuperable y sin futuro; sin embargo el milagro ocurre. Es casi como “El Hombre que plantaba árboles” de Gian Giono, quien hace algo parecido en el sur de Francia. Y también está el mensaje de cuidar lo que aún queda sin devastar del planeta y de modificar nuestro violento modo de ser.

No es la primera vez que nos encontramos con la pregunta de si el humano puede también tener efecto positivo para la vida sobre el planeta.. En la universidad, un profesor de ecología alguna vez nos dejó en claro que tarde o temprano la naturaleza demuestra que es ella la que manda y pone las cosas en su lugar, por lo que las locuras humanas no importaban demasiado, solo que esos humanos iban a ser los perjudicados. Y luego el Dr. C.A. Viviani nos enseñó que los pueblos canoeros del litoral aisenino al poner sus conchales en tierra ayudaban a formar nuevo sustrato de suelo y con eso ampliaban el espacio de la vida terrestre (lo contrario a la erosión a que estamos acostumbrados). Y por cierto, reforestar, restaurar, recuperar suelo y biodiversidad son en el mundo actual importantes acciones por la vida sobre nuestro planeta – hogar.

Con esto además recordamos las civilizaciones o sociedades colapsadas, entre otras razones por límites ambientales o de recursos, sobrepoblación, violencia, especies introducidas; como la maya, los vikingos en Groenlandia e Isla de Pascua. Esta última, hay quienes sostienen los responsables fueron los blancos y sus enfermedades, tal como ocurrió con otros pueblos originarios. De hecho, dicen que los últimos tehuelches se contagian en Santiago al acudir a una audiencia con el presidente Riesco y sucumben a causa de la viruela. Alguna vez leímos también sobre Zimbabue la primera ciudad del mundo y que mucho tiempo después fue descubierta deshabitada, o sobre Ankor en Camboya, impresionante ciudad y templos hoy cubiertos de selva igual que las pirámides mayas, lo que hasta la actualidad da para múltiples estudios e hipótesis sobre cuáles fueron las razones para su colapso. Todo esto por supuesto da para meditar sobre que nada es eterno, sobre los límites del crecimiento, sobre sustentabilidad, sobre responsabilidad ética y valores, sobre la inteligencia humana y sobre la fragilidad y dependencia de las ciudades.

Valga también todo esto para un llamado por que el nuevo año 2018 nos encuentre más ocupados por la paz y amor entre nosotros los humanos y demás seres vivos y en cuidar y recuperar la vida sobre el planeta y hacer algo por mejorar nuestro mundo.

Peter Hartmann, director de CODEFF Filial-Aisén.

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