En AMBIENTALES

Mayarí Castillo, académica e investigadora de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano, se encuentra abocada a demostrar que las sociedades desiguales lo son no solo porque la gente gana distintos ingresos o porque tienen diferente nivel educacional, sino que se encuentran en esta situación, porque se ven expuestas también a vivir en ambientes degradados.

Cuando Mayarí Castillo (35) cursaba la educación media en el Liceo N° 1 de Niñas de Santiago  se sentía atraída por la antropología. Sabía bien de qué se trataba esta ciencia –una tía suya había estudiado en México- y como en esos años también se interesaba por los pueblos indígenas tomó la decisión de postular a esta carrera. Se inscribió en sociología y periodismo, pero como quedó seleccionada en las tres optó por la primera.

Su mamá, que quería que estudiara derecho  nunca se ha resignado y todavía le pregunta para qué sirve su profesión, cuenta la antropóloga social. Con una maestría en Ciencias Sociales en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, México, y un doctorado en Sociología en Lateinamerika –Institut, Freie Universität Berlin, Alemania, ha trabajado en las universidades Diego Portales, Andrés Bello y desde hace tres años integra el cuerpo de docentes de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano (UAHC). Es investigadora adjunta del Centro Interdisciplinario de Estudios Interculturales e Indígenas y fue nombrada recientemente como asociada en Chile del Comparative Research Programme on Poverty para el periodo 2014-2018.

En la UAHC hace clases de antropología urbana y metodología. Ha investigado fundamentalmente problemáticas de pobreza y desigualdad, publicando sus trabajos en diversos artículos científicos y libros, entre los que destacan “Identidades políticas. Trayectorias y cambios en el caso chileno”(2009), editado por Flacso México y “Desigualdad, legitimación y conflicto. Dimensiones políticas y culturales de la desigualdad en América Latina” (2011), editado por Universidad Alberto Hurtado.

CONTAMINACIÓN, BASURA Y DERRAMES

 

Mayarí (su nombre corresponde a un río cubano) está emparejada y acaba de terminar el posnatal de su primer hijo, Iñar. Sentada en su oficina, en el segundo piso de laEscuela de Antropología,  y mientras el sol de la tarde se filtra por el ventanal, detalla aspectos de la investigación que hoy la tiene fascinada: sobreestratificación y desigualdad, clases medias y fenómenos urbanos/ambientales.

“Participo en una investigación donde se abordan temas de desigualidad desde una perspectiva un poco distinta que es incorporando la dimensión ambiental. El objetivo es mostrar que las sociedades desiguales en América Latina y en Chile lo son no solo porque  la gente gana distintos ingresos o porque tienen diferente nivel educacional, sino que se encuentran en esta situación, porque se ven expuestas también a vivir en ambientes degradados, de contaminación, con basurales y con externalidades negativas del desarrollo. Se pretende evidenciar que la torta no solo se encuentra mal repartida en los sueldos sino que también en otros aspectos”, detalla.

–   ¿Qué regiones del país abarca esta investigación?

–   Estudio cinco casos: Arica, que ha sido afectada por la contaminación por plomo; Alto Loa, donde el pueblo atacameño ha tenido conflictos en la minería por el recurso hídrico; el basural de Boyeco, que son comunidades indígenas en Temuco que están en un conflicto por la basura,  Bajos de Mena, que en algún momento fue denominado el gran ghetto urbano y Puchuncaví, dañado por los derrames de petróleo.

¿Concretamente, en qué se traducirá el estudio?

–  Devolvemos, en primer lugar, la información a los habitantes de esos sectores; hacemos un archivo con documentos que muestran lo que significa vivir ahí. De esta manera las comunidades pueden emprender acciones protectoras, que pueden ser legales, de movilización o reclamo y que también les puede permitir tener un soporte en términos de diagnóstico social. En lo académico implica la realización de congresos, seminarios y discusión. Otra arista es documentar lo observado con fotografías y montar luego exposiciones itinerantes. La investigación concluirá en 2018.

–  ¿Qué es lo que más te ha impactado de esta indagatoria?

–  Una de las cosas que más me golpeó cuando regresé al país, después de haber vivido algunos años en el extranjero, fue darme cuenta que el estar en una posición de desventaja o vulnerable en términos socioeconómicos te pone en un lugar de mucha desprotección. Se te vulneran tus derechos en los aspectos más básicos. Hay una violencia muy fuerte que no es solo el que las personas no tengan todas las oportunidades para estudiar o que no cuenten con dinero sino que es una violencia que se ejerce sobre sus cuerpos: sufren más enfermedades.  Al visitar esos lugares comprobé que se estaba ejerciendo una violencia sistemática sobre estos grupos la que es súper invisible, poco observada y denunciada.

Y no existen políticas públicas que permitan resolver esta desigualdad.

– La normativa medioambiental es nueva y bien precaria; además el cruce entre lo ambiental y social está muy en pañales. No existe una política pública que observe este fenómeno de manera integral; que permita ver que no solo hay una distribución desigual en costos de desarrollo sino que hablamos de un modelo de desarrollo que no tiene mucho futuro desde esa perspectiva.  Se están  asesinando ciertos sectores de la población y depredando  recursos naturales de una manera bien poco inteligente.

Mayarí admite que la investigación que ha desarrollado tiene una arista “bien activista” también. “En el fondo, he trabajado temas de desigualidad y pobreza, porque hay un compromiso desde otro lugar: tratar de trabajar en una sociedad más justa,  de entregar a las comunidades (herramientas) para que ellas también den esa pelea.  Hay una puesta, una posición. No he pretendido hacer una investigación objetiva, neutral, y soy súper honesta en eso”.

La antropóloga lanzará además el próximo 14 de junio el libro “Desigualdades: tolerancia, legitimación y conflicto en las sociedades latinoamericanas”. Es el segundo volumen editado por una red latinoamericana de trabajo en torno a temas de desigualdad, pero que intenta alejarse de la mirada centrada en los números y mirar los procesos culturales que hay atrás de las sociedades desiguales de la región. Se invitó a los miembros de este grupo de más de seis países latinoamericanos y a académicos invitados a reflexionar qué es lo que hace que la gente tolere la desigualdad, reclame contra ella generando conflicto o la encuentre más o menos justa.

CHILENOS Y LA POLÍTICA

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¿Qué otros temas te interesan desde tu mirada de antropóloga?

–  He trabajado en temas de identidades políticas,  en ver cómo se ha ido transformado la política y la participación en las últimas tres décadas en Chile y América Latina. La idea es analizar cómo ha cambiado la forma en que se relaciona el chileno con la política. Trato de comparar un mismo sector que tenía una vinculación muy orgánica, muy de partido, y en el que se nota un cambio muy grande: un alejamiento desde los partidos,  desde esa orgánica.

¿Qué reflexión haces de lo que ocurre hoy en el país con la pérdida de confianza en las colectividades y los líderes?

–   En Chile hubo un largo periodo en que los investigadores se preguntaban qué pasaba. En una de las sociedades más desiguales, y que ha crecido más, lo lógico era que hubiera mucho más demanda, más conflicto. A partir de la primera movilización de los pingüinos, en 2006, se produjo  un quiebre muy importante de pensar la sociedad y también la política. Desde esa fecha hasta ahora creo que hay pocas sociedades que se han movilizado tanto, tan masivamente, y que han visto tan pocos resultados. La pérdida de confianza se relaciona no solo con que los políticos hayan hecho mal las cosas sino a que a la gente que ha salido a las calles no se les ha resuelto sus demandas.

Con la política de gratuidad, que se implementará gradualmente, ¿crees que se terminará con la desigualdad en educación?

–  Eso me llama harto la atención. Las personas demandan mucho en la educación superior, pero todos los indicadores establecen que las grandes diferencias se producen en la primaria y secundaria. Entonces, sí se podría generar un cambio a partir de modificar la forma radical en que el país piensa  la educación en estos niveles. Acá no hay un sistema de educación pública que esté apoyado por el Estado, que genere esa igualdad de oportunidades que necesitamos.

– ¿Qué estudio te gustaría realizar en el largo plazo?

– Tengo hartas ideas, pero ahora estoy enfocada en trabajar las redes a nivel de Latinoamérica. La academia en Chile es muy encerrada, son pequeños mundos en que todos se conocen. Me gustaría abrir nuevamente la disciplina para afuera, para volver a establecer esas redes de intercambio,  abrir la agenda de investigación en temas de la región.

Fuente: La Nación.

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